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Dominique BLANC - HISTORIA Y ESCRITURA EN LA FIESTAS DE MOROS Y CRISTIANOS 
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"Con nombres y appellidos y caras"

FIESTA, HISTORIA Y ESCRITURA
EN EL PAIS VALENCIANO


por Dominique BLANC

Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales
LISST - Centre d’Anthropologie Sociale - Toulouse.


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En Moros y Cristianos. Representaciones del Otro en las fiestas del Mediterráneo occidental, M. Albert-Llorca y J.-A. González Alcantud (ed.), Toulouse-Granada, PUM-Diputación de Granada, 2003, p.115-134. Traduction: Tito Andrés - Version française : [lien]
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Entre los actos inaugurales que abren el ciclo anual de las fiestas de moros y cristianos en el país valenciano, uno hay que, desde hace algunos años, se espera con impaciencia pese a que, a primera vista, resulta difícil para un foráneo entender la importancia que tiene. Se trata de la presentación oficial de la Revista-Programa. ¿A qué viene, en medio de las bendiciones de los pendones, comidas fraternales, homenajes y certámenes diversos (de fotografías, dibujos o proyectos de carteles), amén de las damas de honor y otras reinas de las fiestas, una ceremonia especial para presentar el programa impreso de los festejos que se avecinan? Como explica el orador que se hace cargo de la presentación en Castalla en 1987, en una sala abarrotada y en presencia de las autoridades civiles, los presidentes de asociaciones, los delegados de todas las compañías y cientos de festers, la Revista-Programa ya no es un mero boletín, “es la única historia viva, con nombres y apellidos y caras de donde se pueden sacar infinidad de conclusiones” (Revista Castalla 1987) . Más alla de su uso como programa de la fiesta del año, la Revista sirve para guardarla en cada una de las casas en que hay festers, pero también en las demás casas pues, nos dice el orador, siempre llega un día de soledad o de nostalgia para poder recordar, hojeando su colección, unos datos sobre todos los aspectos de la evolución de la Ciudad así como, para los más jóvenes, la posibilidad de ver reunidos unos testimonios fotográficos únicos sobre los lugares, los oficios y los habitantes desaparecidos. Dicho de otra forma, la Revista, llamada el guión en Alcoi en otros tiempos, y luego habitualmente el programa, presenta más bien, si se le hace caso a uno de los redactores, “una completa y minuciosa descripción de la edición festera anterior, así como los acontecimientos festeros del año y todas las iniciativas que en su entorno se han promovido; (así) podemos conocer las tendencias artísticas y culturales de la sociedad alcoyana, el reflejo de la investigación histórica, arqueológica y antropológica que en el año se haya producido, una completísima información sobre la industria y el comercio local, la actualidad de instituciones, entidades, clubes y asociaciones diversas, etc.” (Revista Alcoi 1995).

Hojeemos una de tantas Revistas, la de Banyeres de Mariola. La portada presenta, sobre fondo azul, una decoración que evoca una cúpula toda arabescos, como segundo plano detrás de la silueta de un pueblo alicantino estilizado en unos tonos ocres y rojos. El título completo es: “FESTES de MOROS i CRISTIANS en honor a Sant Jordi – festes d'interés turístic nacional del 22 al 25 d'abril de 1995 – Banyeres de Mariola”. El escudo del pueblo completa la parte inferior del cuadro. Sigue a la guarda (un retrato de san Jorge pintado en un escudo) la lista de las autoridades y de los responsables de la Comisión de las fiestas y de las diversas compañías. A continuación viene el sumario, el retrato a toda página del Rey de España (en otros casos: del Rey y la Reina; a veces, de la familia real al completo), el retrato y la salutación del acalde del pueblo y por último el retrato del Presidente de la Comunidad Valenciana. Suceden a esos retratos el programa de las fiestas del año, profusamente detallado e ilustrado y luego, después de la fotografía del embajador de su bando respectivo, las compañías cristianas y moras dan cada una el nombre de su capitán del año, del presidente de la asociación, de la banderera o abanderada, de la agrupación musical que las acompañará; se mencionan después el número de festers y la fecha de fundación (siendo supremo orgullo poder usar la fórmula: “es desconeix per la seua antiguitat”). Tres fotos ilustran cada doble página. A la izquierda: la compañía hoy, bajo un documento de archivo que presenta la compañía “antaño”. A la derecha: los que ostentan los cargos oficiales (capitanía...) con su lujoso traje de fiesta. Vienen entonces nada menos que 150 páginas repartidas de la siguiente forma: “Memòria festera” con, como elemento principal, la crónica diaria de la fiesta del año anterior y el texto de los discursos que fueron pronunciados en su transcurso; viejos programas facsímiles y artículos, “de fondo” o anecdóticos, sobre tal o cual aspecto de la fiesta: el papel de la música, el origen del pendón de la compañía de los Piratas, etc. La sección concluye con la lista de los festers fallecidos en el año acompañada con unas líneas de homenaje y sus fotos. Segunda sección creada hace poco, “Banyeruts amb nom propi” repasa la biografía de celebridades nativas del pueblo. La sección siguiente, “Història”, trata tanto sobre la arqueología y la fauna local como de historia, botánica o ganadería, antes de dar paso a decenas de asociaciones, culturales, deportivas u otras, que hacen el balance (ilustrado) del año. Las “Col.laboracions literàries” incluyen poemas, breves obras de ficción y unos cuantos textos que también pudieran incorporarse a la erudición de la sección histórica. La “Memòria municipal”, boletín oficial de las actividades de la corporación municipal, parece cerrarlo todo, pero sería un error no mencionar el centenar de páginas de anuncios agrupadas en el cuaderno final, pues garantizan la financiación de ese grueso volumen, proporcionando a la vez una casi exhaustiva lista de los comercios, industrias y artesanías del pueblo.

Es difícil comprender en su unidad ese conjunto heteróclito. Pero, ¿no será precisamente una de sus características el que, fuera de las bien ordenadas secciones dedicadas a la crónica del año anterior y de la presentación de los cargos oficiales, de las compañías y de la fiesta en general, las contribuciones, en parte porque se hacen en función de las peticiones del comité de redacción y de las propuestas espontáneas de los festers, sean “libres”? La Revista, en su forma actual, parece destinada a recoger toda la producción escrita local en unos campos de los más variados. Antes de examinar este punto más adelante y cuestionar en paralelo los modos de lectura posibles para un objeto cultural de este tipo, probablemente no sea del todo inútil considerar retrospectivamente su aparición.

Del Programa a la Revista

Por fortuna, las Revistas actuales no escatiman las reproducciones de viejos programas. A medida que se iban descubriendo en los archivos institucionales o particulares, fue posible la publicación facsimilar de numerosos documentos. Los más antiguos no se remontan en general más allá de los tres últimos decenios del siglo XIX. Se trata en los mejores casos (salvo algunas hojas sueltas) de unos cuadernillos de pocas páginas, que comunican brevemente el programa de las fiestas y llevan como decoración en la portada un grabado del Santo Patrón o de la Virgen del lugar, en cuyo honor se organizan los festejos. El título hace siempre mención del santo y casi nunca de los desfiles de moros y cristianos, cuyos detalles se facilitan en las páginas interiores. Titulándose, en 1891 ya, “Programa de las fiestas cívico religiosas de moros y cristianos que se han de celebrar en Banyeres en honor de su invicto patrono San Jorge Mártir”, el más antiguo programa impreso conservado en Banyeres es una excepción. Pero el de 1905 ya no menciona sino las “fiestas populares en honor de San Jorge Mártir”. Lo de “populares” desaparecerá a su vez en 1912. En cuanto a la mención de “moros y cristianos” en el título de la portada, su reaparición definitiva sólo tendrá lugar medio siglo más tarde, en 1941. En todos los casos, los programas se limitan a anunciar con precisión el desarrollo de los actos, sin mayores comentarios. Entre los años 1920-1930, no obstante, una breve presentación del pueblo y sus fiestas puede acompañarlo, así como unos austeros anuncios destinados a garantizar su financiación. Pero sólo será durante los años 1940-1960 cuando se desgranarán las progresivas transformaciones de los meros programas en boletines ilustrados, para llegar finalmente a la forma de las actuales Revistas, en algunos pueblos al principio y después en todos aquellos que, en los años 1970-1990, prolongan, recuperan o echan mano para uso propio de la tradición de las fiestas de moros y cristianos.

Si puede tenerse la impresión de que todas las revistas, hoy día, se parecen, no todas gozan de una misma consideración. Existe entre ellas una jerarquía, a veces explícita pero las más de las veces implícita. Se ordena primero según la antigüedad e importancia de la fiesta referida. Esa importancia puede deberse sencillamente al tamaño del pueblo, que permite unas fiestas más espectaculares, pero no sería nada sin el valor de referencia reconocido a la fiesta. Tal es el caso de Alcoi . La consecuencia, en lo tocante a Revistas, es que escribir en la Revista de Alcoi es, en cierto modo, como escribir en la Revista oficial de las fiestas y muchos eruditos locales saben que no lo conseguirán nunca. Por el contrario, “todo el mundo”, o casi, puede escribir en la “pequeña” revista de su pueblo o pueblecito. Así se establece una red sutil, mediante la cual se pueden encontrar unos textos de las “grandes” revistas vueltos a reproducir, los años siguientes, en las “pequeñas”, con algunas ligeras modificaciones, en la mayoría de los casos, para darles apariencia de novedad. Pero da igual: se trata también de beneficiarse en casa propia de los mismos comentarios sobre tal o cual elemento presente en la fiesta o tal o cual detalle de la historia de la zona. Así fue como pudieron establecerse unos mecanismos de regulación en el desarrollo de las fiestas, algunas de las cuales podían haberse “malacostumbrado”, para las más antiguas, o haberse apartado excesivamente de la tradición, para las más jóvenes. Todo ello bajo la mirada, y siguiendo la progresiva instalación, de la U.N.D.E.F., la “Unión Nacional de Entidades Festeras de Moros y Cristianos”, asociación de los pueblos festeros que monta guardia desde los primeros años setenta. Y no será casualidad que una firma omnipresente, en todas las revistas sin distinción, sea la de José Luis Mansanet Ribes, licenciado en derecho, quien fue secretario general de la UNDEF y secretario de la Asociación Sant Jordi de Alcoi durante mucho tiempo. Su colaboración no es en absoluto una imposición, sino que los redactores locales la solicitan, contribuyendo de esta forma a reforzar su aureola de historiador y “valedor” casi oficial de esas tradiciones. La presencia de aquellas voces oficiosamente autorizadas junto a los textos de autores más modestos, conocidos muchas veces únicamente por los habitantes de su pueblo, lejos de vivirse como una intrusión exterior en la fiesta local, es al contrario un signo más del interés y del valor insustituible de ésta.

Y es que la Revista sigue siendo una iniciativa local. Ya esté directamente a cargo de la Comisión de las fiestas o de un Comité de redacción nombrado por ésta a tal efecto, funciona en la gran mayoría de los casos con el sistema de la solicitación de contribuciones y colaboración a las personas de buena voluntad. Así es como debe cada una de las compañías, siempre que no tenga ya un portavoz habitual (el cronista del cual volveremos a hablar), dar mandato a uno de sus miembros, las más de las veces el presidente, para que acompañe con un breve texto el cuaderno fotográfico dedicado al grupo. Pasa lo mismo con los responsables de las asociaciones culturales, que firman a veces colectivamente sus contribuciones en las páginas que les son destinadas. Cuanto más pequeño es el pueblo, más esfuerzos y tiempo cuestan las colaboraciones pero, por ello, gozan de mayor apreciación, más aún cuando recurren para su expresión a un género literario “noble”, como es la poesía. Los responsables de las redacciones dicen a veces con cuánto temor esperaban unas contribuciones aleatorias pero también expresan su satisfacción al ver representadas las más tenues veleidades de escritura en unos lugares en los que no abundan obligatoriamente unos oficios e individuos para quienes la escritura es una práctica familiar. Ese florecimiento forzoso ejerce un efecto impulsor, que se puede medir por los textos de algunos redactores ocasionales ajenos a este tipo de práctica cultural y que acaban encontrándole el gusto al asunto. Pero también puede ser una prueba de integración, como demuestra el párroco de Biar. Recién llegado a esa importante población, en 1991, se ve en la imperiosa obligación de dar un texto a la Revista de las fiestas. Cumple de mala gana redactando una carta en la que indica que, cuando sus feligreses le pidieron que visionara una grabación en vídeo de las fiestas, se negó, ya que prefiere vivir las fiestas en honor de la Virgen “como un Biarense más” (así se titula su artículo) y no teme nada que el fervor de los habitantes no esté a la altura de sus esperanzas. Pero el año siguiente, en 1992, reconoce que está totalmente integrado. El entusiasmo con que entrega a la Revista el poema que las fiestas le inspiraron lo atestigua: “Lo que veía se hizo canción, pobre, pero canción que brotaba de mi alma cautivada por tanta belleza. Aquí os la ofrezco a todos, mis queridos biarenses”. Desde entonces, publicará sus versos con regularidad en la Revista del año. Y entre los poetas solicitados de esa forma, muchos más vivirán la misma experiencia. Se reconocen por el género elegido –la poesía clásica en versos– y el registro a que recurren para expresarse: el de la celebración. Si el párroco celebra a la Virgen, otros muchos poetas se ejercitan en celebrar cuanto se debe (la reina de las fiestas, las damas de honor, los embajadores, los capitanes y los abanderados) y cuanto se puede (la belleza del pueblo, la emoción sentida en las fiestas, el misterio de la música...).

Así pues, las crónicas históricas y demás trabajos de erudición reservados habitualmente a las sociedades culturales, los poemas y ensayos literarios habitualmente destinados a los libritos más o menos autoeditados, los informes sobre actividades diversas, las necrológicas, casi todas las formas de escritura presentes en el marco local pero que, en otros tiempos, aparecían en unos soportes muy variados parecen, ahora, no tener ya sino un espacio único de expresión: la Revista anual. Nada ya de decimetes, de aleluias, esas hojas sueltas en las que los miembros de las compañías o sus poetas habituales celebraban al Santo Patrón y a los capitanes, sin olvidar las chicas: las esquelas que tanto se esperan durante los primeros días de las fiestas vienen ahora prendidas en las páginas del grueso volumen que cada cual tiene el deber de poseer.

¿Cómo dar cuenta de ese abigarrado conjunto? Una aproximación estadística, por tentadora que sea, vista la sobreabundancia de la producción, llevaría a engaño, ya que el encabezamiento de los textos y la sección en que figuran sólo proporcionan una información remota acerca de su contenido real. Además de la alta probabilidad de que sea el parto de los montes , no hay motivo para poner entre paréntesis la aproximación etnográfica clásica con el pretexto de que ese material sería nuevo y particular. La Revista forma parte del objeto complejo identificado con el término de “Fiestas de moros y cristianos”, pertenece plenamente al terreno y debe tratarse como tal. A la par de la autoridad de unos miles de páginas leídas, nos fundaremos sistemáticamente en algunos pueblos y fiestas que ya conocemos por haber llevado a cabo allí un trabajo de campo . Se trata pues de desenrollar un hilo que corre, no sólo por la Revista, sino por el objeto “fiesta” en su conjunto. La publicación anual no es un mero escrito que acompañaría la fiesta. En sus páginas se escriben la historia de la fiesta y la historia del lugar como reflejo de su representación en el rito festivo. Recíprocamente, la Revista puede enunciar la norma o hacer hincapié en los puntos conflictivos. Situándose dentro de ese juego especular entre Revista y Fiesta, las páginas siguientes se proponen cuestionar las implicaciones y modalidades de la escritura de una historia autóctona.

Fiesta e Historia: la fabricación de lo autóctono

Volvamos a Banyeres y examinemos otra vez la serie de documentos de archivo que reproducen las portadas del boletín-programa desde el momento en que se convirtió en Revista. En 1943, por vez primera, la portada lleva ilustraciones. Está decorada con una viñeta que representa a San Jorge a caballo venciendo al dragón. En 1944, la viñeta se vuelve ilustración a toda página. En 1945 aparecen un jinete moro y un jinete cristiano batiéndose con la espada desenvainada. Esta ilustración desaparece para reaparecer sin cambio alguno en 1949. Después alternan los San Jorge y los jinetes. Este último tema domina a partir de 1952, presentado con unas formas variadas y mayor o menor estilización. Se advertirá que el moro no se representa nunca en la postura del dragón vencido, a la inversa de una multitud de cuadros y esculturas presentes por toda la Península. Más aún: en 1958, por primera aunque no última vez, el moro se representa solo, con el aspecto de un señor que recita versos en su palacio decorado en un estilo oriental, sin duda alguna para celebrar el pueblo de Banyeres que se extiende a sus pies. Desde entonces, las imágenes guerreras desaparecen casi por completo en beneficio de una imaginería romántica, indiferentemente “cristiana” o “mora”, o también de escenas estereotipadas en las que unos y otros posan pacíficamente al pie del castillo. Cuando la fotografía sustituye al dibujo, al final de los años sesenta, reaparecen unos combatientes pero, por una parte, sobre todo son moros y, por otra parte, si se representa un enfrentamiento, siempre se hace reproduciendo un episodio ostensiblemente simulado del combate. La evolución del tema central de la fiesta, tal y como aparece reflejado por la ilustración principal de la Revista-programa, no sufre pues ambigüedad alguna: ya no es la victoria del bando cristiano sobre el enemigo moro lo que se destaca. El musulmán no tiene por qué sentirse insultado por la lanza que Sant Jordi hinca en el Dragón “perquè representa el Bé contra el Mal. I el Moro, com el Cristià, que obra amb sinceritat, també lluita contra el Mal” (Revista Banyeres 1995). Lo que es válido para Banyeres vale también para la mayoría de los demás pueblos cuyas publicaciones hemos podido hojear.

El fenómeno, ya convenientemente observado , presenta simetría con el contenido de los artículos que tratan sobre la expulsión de los moros del Reino de Valencia en la Edad Media. No es de extrañar que se haya privilegiado este período en los estudios históricos diseminados por las Revistas, ya que las fiestas se organizan en torno a la conmemoración de la Reconquista. Los nombres de las compañías sirven a menudo de pretexto para las investigaciones llevadas por unos avisados aficionados. La compañía de los “Templarios” de Biar es la compañía cristiana por antonomasia, de la que se esperan unas disertaciones eruditas sobre la célebre Orden que evoca supuestamente su nombre. La Revista de Biar, efectivamente, no escatima explicaciones sobre las ceremonias de investiduras, las reglas y los misterios de los Templarios. El objeto de la Orden, creada en 1118 e introducida en la Península diez años más tarde, era responder a la expansión islámica con la Guerra Santa contra los Infieles. El “secretario” de la compañía de los Templarios precisa sin embargo que la disposición de ánimo de los Templarios, en España en general y en el País Valenciano en particular, era muy distinta: “ya que más de una vez el Papado se vio obligado a intervenir para incitar a los autóctonos a luchar contra los musulmanes en su tierra antes que ir a Tierra Santa” (Revista Biar 1995). Con más precisión, quien recurre al seudónimo “Palloc” para firmar numerosos artículos sobre el tema en diferentes revistas durante varios años seguidos explica que el mismo rey Jaume I era templario, o por lo menos que había sido criado por gente de la Orden y que, por lo tanto, compartía los valores de ésta: “Jaume I que, des dels sis als nou anys, és educat al castell de Montsó pels Cavallers de l'Ordre del Temple de Jerusalem... té la major ajuda i consells de dits Cavallers, en la conquesta del nostre estimat País Valencià, ja que, dita Orde, buscava més l'entendiment que no pas l'enfrontament, entre cristians i mahometans” (Revista Biar 1991). Es lo que en otra parte llama la fuerza de la razón, que opone a la razón de la fuerza: “Els templers buscaven, sempre que podien, la negociació, més que no pas l'enfrontament. A més, ells buscaven l'entendiment de les dues religions, sempre que podien. El Moro, després de la conquesta cristiana, continuava vivint, tolerant-se-li els seus costums i formes de vida” (Revista Beneixama 1986). Aquella leyenda del rey templario, tolerante y protector de ambas religiones, hace caso omiso del sometimiento de las poblaciones conquistadas y olvida que el primer decreto de expulsión fue promulgado por el buen rey tres años escasos después de la “conquista” de lo que se convertirá en el reino de Valencia, aunque no afectaba exactamente a la zona que aquí nos interesa. No se trata pues de conmemorar una tragedia sangrienta sino de celebrar la memoria de “tots els qui som germans”, como se dice en la revista de Beneixama de 1985: “més que Festes, fem Història!”. Y “hacer Historia” entre hermanos es recordar que se heredó una misma tierra y que este “parentesco de tierra” tiene tanta fuerza como el parentesco de sangre: “la mare i la terra en que s'ha nascut, estan per damunt, tenen prioritat: no eren les formes de religió ni les ideologies (com ara creuen alguns)” (Revista Beneixama 1985).

Las interpretaciones de esa asombrosa fraternidad pueden remitir a varios niveles. No se debe menospreciar, en el contexto de la instauración de las Autonomías dentro de la ya democrática España, la insistencia algo vengadora sobre una mentalidad tolerante negada a los castellanos, vecinos y adversarios (“l'expulsió és obra dels reis dits els Catòlics”, se puntualiza). Pero ese motivo no es el único. “Hacer Historia” es retrotraerse en cierto modo a los orígenes y afirmar con ello su carácter autóctono. Y, la Historia de los historiadores lo demuestra de forma inequívoca, esa parte del País Valenciano es una zona de repoblación. La verdadera antigüedad de los linajes presentes en la zona en la actualidad sólo se remonta a los tiempos evocados en las fiestas. Sus antecesores musulmanes también habían llegado de otros pagos unos siglos antes. Para contestar a la pregunta “¿quién es heredero de quién?”, probablemente sea preferible invertir la expresión a que hemos recurrido anteriormente, según la cual “heredamos una misma tierra”. En realidad, la tierra aquella fue la que “nos” heredó a todos, y sirviéndole a ella fue como se mezclaron “nuestras sangres”. Esta interpretación no es en absoluto forzada, se fundamenta en los textos de nuestros historiadores de las fiestas: “Quan veiem molt difícil de trobar qui no tinga entre els seus ascendents un Mataix, un Belda o Alcaraç, reconeixem eixes gotes de sang mora que recorre les nostres venes i... barreja de sang, arrebats a unes terres, nascuts a unes altres, mos convertix en presoners d'un afany per fer conèixer-se eixes terres, enriquint-les amb els seus valors” (Revista Beneixama 1985); “Per açò, les nostres Festes tenen una força: Homenatgem els nostres ascendents cristians; però també eixa part de sang mora que recorre el nostre cos” (Revista Beneixama 1986). Al testimonio tradicional de la toponimia, respaldada en su caso por unas osadas remotivaciones (se olvida que un lugar llamado “el morer”, por ejemplo, remite al árbol para interpretarlo como otro nombre de la “morería”), se añade el de la onomástica. El ejemplo evocado en Beneixama se vuelve a sacar en Biar unos años más tarde: “Recordar el nostre passat i no menysprear al cultivador musulmà, del nostre avis del poble de Biar, ja és una riquesa cultural: aquell ascendent nostre, Ahmed Aix que va haver de convertir-se com a Mataix o l'Al Belda que ens ha aplegat com a Belda, i tant altres que han fet que alguna gota de sang de les que recorren les nostres venes, siguen llavor islàmica, sembrada per aquells treballadors de la terra” (Revista Biar 1995). La evocación parece limitarse aquí a los campesinos conversos, porque el texto citado rinde homenaje a la compañía campesina de los “maserets”. Pero abundan los textos en que el moro es un hábil ingeniero (el sistema de irrigación ha alcanzado la consideración de obra maestra emblemática del genio “árabe”) pero también un señor enamorado de su tierra valenciana. Entonces vuelve a aparecer, expuesto en diferentes registros “pacificados”, la encendida alabanza de la belleza del país (y de sus mujeres) que el texto de las Embajadas moras, escrito en el siglo XIX, había puesto al servicio de una reivindicación belicosa (aunque nadie ya la percibe así) en medio de la fiesta. La cuestión de la propia conversión llega a desaparecer: “Biarut: quan mires el nostre castell, des de qualsevol lloc, pensa que són els ulls de moltes generacions que l'han contemplat i, en aplegar a dalt de la torre, la mirada ha seguit cap al cel; independentment de que, dins del cor, duguera la creu o la lluna!” (Revista Biar 1991); “Poden guiar-nos Crist o Mahoma; però, amb sinceritat... van al mateix Ser Suprem!” (Ibídem).

Los actos oficiales organizados para la celebración del 750° aniversario de la Conquista de la Villa por el rey Jaume I, cuyos textos y discursos íntegros fueron publicados en la Revista de Biar en 1995, no desmienten en absoluto esa orientación. Invitado a pronunciar el “Sermón de la Conquista” (no de la “Reconquista”, merece ser notado), el párroco que hemos mencionado antes celebra sin ambigüedad al rey aquel gracias al que, “com a resultat d'aquesta conquesta, es va donar una fusió molt positiva de pobles i cultures”. Conforme al espíritu del Concilio Vaticano II, la única Guerra Santa que se invoca es la guerra por la Paz y la Tolerancia. En cuanto al alcalde de la Villa, confiesa haberse mostrado reticente durante mucho tiempo ante la misma idea de celebrar la Conquista cristiana y, en las palabras del primero de los biarenses, aquel al que los libros de historia presentan como el enemigo vencido se convierte en un Antepasado desgraciado: “Una meravella es també eixe castell tan airós que rebrerem dels moros aquell día de 1245, orgull de Biar, riquesa extraordinària que configura el nostre poble i que hui també es el nostre protagonista, junt al seu Alcaid, Muça-Almoràvit el més antic biarut que coneixem i que va entregar les claus del castell (a la Corporació Municipal proposaré en breu que se li dedique un paratge, plaça o carrer)”. El President de les Corts Valencianes es el único orador que no alude nada a la presencia mora, y el cuaderno especial se cierra con un texto escrito por un colegial de 11 años, titulado ¡“Carta al rei de tots els valencians (tant moros com cristians)”!

Mezclados señores y campesinos (como mezclados están el prestigio del pueblo y el valor eterno de la tierra), los moros pertenecen ahora a una Edad Media mítica que se vuelve a representar todos los años. Sin embargo, rehuir el mero espectáculo, aun cuando fuese el que monta uno para sí, es una de las particularidades de las fiestas valencianas. Cada cual acaba integrando en su historia personal una faceta de esa historia colectiva mitificada. Es así como un alcoyano podrá relatar en la Revista de las fiestas de su pueblo que, hallándose en Jerusalén, fue a la mezquita de Omar, uno de los tres grandes lugares de peregrinación del Islam, y oró allí por El Azrach, el jefe moro que asedió el pueblo y cuya derrota conmemora la fiesta (Revista Alcoi 1995).

Con las llamadas al pleno reconocimiento de los antepasados musulmanes, la identidad particular que cada una de las compañías del bando moro acaba cobrando en las fiestas encuentra, en paralelo, unas formas de expresión fuera de la fiesta también. Así es como tal estirpe o cual tribu “mora” encarnada en una compañía acaba explorando sus lugares de “origen”, el que, pese a ser festivo y mítico, va cobrando cada vez mayor pregnancia. Por ejemplo, unos “Omeyas” de Biar soñaron mucho tiempo con ir paseando unas horas por la Alhambra de Granada. Con motivo de un encuentro festivo en Andalucía, el sueño puede realizarse en 1993. Nos comunican sus impresiones en el momento de penetrar en el palacio-alcázar (donde se sacaron fotos vestidos con sus trajes de moros): “Mientras Europa estaba sumida en la barbarie de las guerras religiosas y dinásticas, nuestra tierra mora era un paraíso de paz. Oasis lúcido, remanso de la cultura y de la civilización y en donde tan sólo se luchaba, incruentamente, por el saber de las ciencias y de las artes, por el bien vivir y el mejor convivir... En aquel paseo vivimos in illo tempore las andanzas de la sociedad y el modus vivendi de aquellos queridos antepasados nuestros” (Revista Biar 1996).

Se entiende mejor, entonces, la proliferación de dos tipos de textos en las Revistas. Primero, los estudios acerca de la vida cotidiana, las costumbres y los usos de los tiempos “musulmanes”, en una palabra “el legado que nuestros antepasados (musulmanes y cristianos) nos dejaron” (Revista Biar 1993). De los pormenores de los pertrechos guerreros a las más ínfimas prácticas alimentarias, una erudición literalmente ilimitada encuentra donde ejercitarse en cientos de artículos que se acumulan en función del ritmo de los hallazgos y de la buena voluntad. Un segundo tipo de publicaciones tiene que ver más bien con la identidad de las compañías. Los “Marrocs” de tal pueblo suscitarán así unas contribuciones sobre la música de ese país o un reportaje sobre la célebre plaza céntrica de Marrakech. Un detalle del traje de una nueva compañía dará pie a un debate acerca de su origen y, de esta forma, a un examen de los tocados magrebíes famosos. Ya no se recurre pues sólo a la Historia, aquel “otro” en el tiempo, sino también a un mundo distinto, un “otro” en el espacio, para construir y fortalecer una identidad nacida de este gesto aparentemente irrisorio que consiste en “vestirse” con el traje de un “Otro sí mismo”, inventado para “hacer la fiesta”. ¿Tiene acaso un mínimo de coherencia esa proliferación de fragmentos de saberes e informaciones parciales o hay que tomarla por lo que tal vez sea, una especie de contenido cultural suplementario para lo que sigue siendo, a pesar de todo, diversión? Para contestar a este interrogante, es preciso que leamos los muchos textos que no vienen a comentar ya la Historia, ni tal o cual hecho de civilización, sino la fiesta en sí.

Continuidad y autenticidad

Quedémonos en Biar e interesémonos por un momento importante en el desarrollo de la fiesta: el Ball dels Espíes (la Danza de los Espías). Antes de la Embajada mora que precede a la conquista del castillo por los musulmanes, un cortejo recorre el pueblo de parte a parte. Acompaña a la efigie gigante de Mahoma: “la Mahoma”. Dos grupos de festers claramente separados participan en él: unas parejas de bailadores en guiñapos, precedidos por un grupo integrado por dos o tres payasos y unos personajes vestidos de frac y con una nariz postiza, los Espías. Estos últimos se internan corriendo entre el público y van midiendo unas distancias imaginarias que consignan en un enorme registro. Un observador exterior no tarda en considerar que las actuaciones de este grupo son un episodio de carnaval. Distinta opinión tiene Nofre, El del Cordell, encargado desde hace más de veinte años de “medir” la distancia que hay de la Mahoma al castillo, mientras va azotando a los recalcitrantes espías. Piensa que su papel, pese al “buen humor y gracia que (lo) caracteriza”, abarca una significación de lo más seria: “El castillo en este momento está en posesión del bando cristiano. Nosotros, con nuestros disfraces, a especie de “camuflajes” [sic] nos acercamos al castillo permitiéndonos de esta forma tramar una buena estrategia y que el bando moro conquiste la plaza posteriormente” (Revista Biar 1991). Puede causar sorpresa el desajuste entre el tipo de acción y la explicación seria que se ofrece de ésta. Pero cabe preguntarse si este malabarismo sería posible sin otro efecto más de la fiesta y de su exégesis escrita, igual de sorprendente: la integración de los productores de un discurso erudito, de origen universitario incluso, en la producción escrita local en torno a la fiesta y la historia del lugar.

En el ejemplo que nos ocupa, la erudición universitaria rescata la interpretación popular, aunque en dos fases. En un primer tiempo, sacando unas conclusiones prudentes de una presentación histórica sobre las sublevaciones de los moriscos contra el ocupante cristiano (flagrante contradicción, apuntémolos de paso, con la leyenda de la convivencia armoniosa y pacífica), la autora, refiriéndose a la totalidad del episodio festivo conocido como Ball dels Espíes, se va por la tangente para dejar un sitio a la tradición: “Así, según la tradición, mantenida por los sucesos históricos acaecidos, el baile de “els espíes” conmemora las incursiones de los moriscos a la plaza de Biar. Al conquistarla, Jaime I no los expulsa pero muchos de ellos deciden marcharse, para no convivir con el invasor, asentándose en las comarcas próximas. Desde este nuevo emplazamiento hostigan con frecuencia a los nuevos dueños de sus antiguas posesiones mediante incursiones y pequeños asedios. La conmemoración de estos intentos de reconquistar sus antiguos lugares es lo que, según la tradición, daría lugar a la Fiesta” (Antropóloga de la Universidad de Alicante, Revista Biar 1992). Dos años más tarde, ya no está la prudencia a la orden del día. La interpretación sociológica de la fiesta por la misma especialista universitaria valida la referencia a un hecho histórico que no se relaciona ya con la aleatoria exégesis propia de la tradición: “Esta estructura tiene sus orígenes en los tiempos en que Biar estaba en manos de los moros y es conquistada por Jaime I. No obstante, Jaime I no los expulsa, aunque los desposee de sus propiedades que son repartidas entre los nobles cristianos que lo acompañan. A partir de este momento se crea una sociedad de clases. Los moriscos son confinados a vivir en las afueras de la villa (arrabal), mientras que los nobles se instalan en los lugares privilegiados. Su instalación no sólo comporta presencia física sino también su propia organización social y cultural. Els espies nos transmiten, desde la perspectiva de la inversión, un conflicto de la estructura social, manteniéndose hoy día la esencia de esta participación social a través de las comparsas festivas de Moros y Cristianos. Es el bando moro el protagonista y organizador del “Ball dels Espíes” mientras que el bando cristiano se limita a ser espectador” (Ídem, Revista Biar 1994).

De una forma ejemplar, este proceso lleva a una doble legitimación. La “seriedad” de un episodio procede, si atendemos a sus actores y cualesquiera que sean las apariencias, de la función motivada que ocupa en el desarrollo de una secuencia capital de la fiesta, incluida aquí en la representación de la conquista del castillo por los moros. Además, esa seriedad viene legitimada por el discurso erudito de una especialista universitaria que no sólo acaba vinculándolo a una situación, presentada como real, de la época medieval sino que, por añadidura, no duda en proporcionarle un anclaje social en el pueblo actual. ¿Quién ahora pondría en tela de juicio la hondura de las raíces que unen el Ball dels Espíes con el pueblo de Biar, su ser y su historia? En una palabra, ¿quién se atrevería todavía a poner en tela de juicio lo que no hay más remedio que llamar su “autenticidad”, es decir su veracidad y a la vez su legitimidad? El acto de autentificación que acabamos de presenciar es, a ciencia cierta, una de las funciones que recaen en la Revista de las Fiestas. No se trata, es cierto, de un discurso deliberadamente argumentado que se esforzaría por justificar especularmente tal secuencia o cual elemento de la fiesta, relacionándolo con tal episodio de la historia (el mecanismo funciona en las dos direcciones) pero, en ese crisol de unos conocimientos aparentemente heteróclitos e inconexos que constituye la Revista, se instaura paulatinamente (por acumulación, podríamos decir) una doxa implícita que acaba cobrando autoridad.

Lo que sabemos sobre este caso particular tiene validez también para otros personajes esenciales. Los Embajadores, por ejemplo, a quienes las Revistas de las Fiestas reservan un tratamiento especial. La sección de la Revista-programa dedicada a cada uno de los bandos se abre casi siempre con una fotografía del Embajador en su caballo y no es raro que varias fotos más, sacadas de los archivos o tomadas el año anterior, acompañen un corto texto dedicado a las Embajadas o a los Embajadores. Estos actores esenciales de la fiesta pertenecen generalmente “desde siempre” a una misma compañía en el bando moro y en el bando cristiano. Se declara que se organizan pruebas en las compañías para elegir el más apto para “interpretar la embajada”, es decir para declamar el texto de memoria de acuerdo con los cánones de la tradición, esos decires y haceres reconocibles y a la vez imposibles de definir que caracterizan ese tipo de “ recitación”. En realidad, quien consigue que el papel viva en él una primera vez seguirá siendo embajador hasta que le fallen las fuerzas físicas para encarnarlo. Es el fiador de la continuidad de una tradición que pasa por él. Como dice el Embajador cristiano de Biar: “Cuando estoy montado en el caballo, y al oír sonar los clarines que anuncian la embajada, me meto de lleno en el papel que voy a desempeñar, de forma que parezco otra persona que ni yo mismo conozco. No exagero: tengo que hacerlo bien, siguiendo a mis predecesores, pues mejorar lo que ellos hacían es imposible” (Revista Biar 1991). Esos predecesores asumieron tan plenamente el cargo que sólo fueron cuatro en el transcurso del siglo XX. El primero cuyo nombre se conoce puso término a sus funciones en 1905. El segundo le sucedió durante catorce años, de 1906 a 1920, el tercero treinta y cuatro años, de 1921 a 1955, y el cuarto veintiséis años, de 1956 a 1982, ocupando el cargo el embajador actual desde 1983. Cuando muere un ex embajador, una corta oración fúnebre pronunciada por su sucesor frente a la multitud precede a la embajada del año y después, en presencia del moro y del cristiano en sus caballos, el párroco manda rezar unas plegarias por todos los embajadores fallecidos.

En Biar, la continuidad pasa por la longevidad de los elegidos quienes, una vez escogidos para el papel (o más bien escogidos por el papel), lo encarnan “de por vida”. El cargo hereditario, o al menos transmitido dentro de la parentela cercana, es otra opción . En Banyeres en particular, los embajadores moros siempre han sido de una misma familia, conocida por el nombre de su casa: del Mas. En cuanto a los embajadores cristianos, compaginan ambos sistemas: ¡el último de ellos heredó la función de su padre después de la guerra y lleva más de cincuenta años ejerciéndola! Los embajadores son unos personajes importantes en la historia de la fiesta, pese a ser mero invento su papel en la historia del pueblo. Conviene recordar que el texto de las embajadas sólo data de finales del siglo XIX, pero esa profundidad histórica, que se sitúa al alcance de la memoria de un hombre (los embajadores entrevistados tienen empeño en precisar el nombre de su antecesor al que habría sido “dado” el texto original), es precisamente la medida del tiempo desde el que existe la fiesta en su forma actual. Todas las miradas convergen, pues, hacia el embajador, incluso cuando se escucha con un oído bastante distraído el texto que recita. Lo que importa es el modo de interpretarlo y la emoción surge en unos momentos muy concretos reconocidos por cualquiera de los presentes. Así pues, el embajador encarna la fiesta y, si “lo hace bien”, una vez más, allende y mediante la actuación del individuo elegido, quedará garantizada la continuidad.

Se entiende mejor, por esos dos ejemplos tan distintos en apariencia, la importancia de los personajes emblemáticos en la fiesta y, simultáneamente, la importancia cuantitativa de las páginas que se les dedica en la Revista. Existe, sin embargo, un personaje más discreto, aunque omnipresente, al que ya es hora de presentar, pues dará la clave para todos los demás. La forma especial en que fue tratada una anomalía surgida en el desarrollo de las embajadas nos permitirá introducirlo. En Biar, en efecto, cuando el embajador habitual no está disponible con motivo del fallecimiento de un familiar o de una enfermedad, un fester exterior a la compañía es quien debe sustituirle en el cargo, como si fuese preciso señalar a cualquier precio que el papel es primordial y que no puede ser propiedad colectiva de la compañía que lo “heredó”. Las pocas veces que ocurrió, los afortunados suplentes cumplieron con su cometido “con dignidad y maestría” y su nombre quedó grabado en la memoria de los festers (Revista Biar 1991). Pero en Banyeres, quien asumió dos veces la función de sustituto fue otro personaje muy distinto: el cronista de la compañía. Suple una repentina indisposición del titular en 1973. Pero en 1969, por una razón bien distinta fue por la que llegó a hacer de embajador cristiano del año: por vez primera, la embajada no tiene lugar delante del castillo de madera sino al pie del castillo de piedra rehabilitado y la secuencia se transmite en vivo por Televisión Española. La irrupción de ese personaje justifica que se le dedique mayor atención. ¿Qué cualifica al cronista para desempeñar un papel tan representativo en un momento tan especial?

El tiempo de la crónica

Para entenderlo, hemos de volver la mirada más allá de las funciones oficiales de redactor que definen al cronista, para interesarnos por las múltiples actividades de que hace alarde, tanto en calidad de fester en el bando cristiano como a título de erudito e historiador, de servidor de la fiesta en general. ¿Trátase de concebir un nuevo traje para la Comparsa de Cristianos, en 1963? “Se lleva a cabo una pequeña reforma al traje oficial... : escudo bordado al pecho en lugar de la cruz que unas eran de galón y otras de metal, todo ello bajo la idea de (el cronista) quien diseñó el escudo dibujándolo Juan D., El Pintoret. Este escudo consiste en un San Jorge dentro de otro escudo más reducido, el cual sostienen dos leones rampantes”. El mismo cronista nos da el verdadero motivo de esta intervención “artística”: “La verdad es que existían algunos trajes que daba pena verlos por su abandono, motivando la uniformidad y a la vez consiguiendo autonomía a la hora de vestirse, lo que llevó a la reforma inicial del traje festero”. Su intervención tenía, pues, un objetivo doble: imaginar un simbolismo identificable e imponerlo uniformemente para garantizar a la compañía un aspecto más riguroso en la fiesta. Nueva intervención en 1971. El traje ha de ganar en “funcionalidad y colorido” y sobre todo acabar con las alpargatas que no son convenientes para unos caballeros cristianos de la Edad Media. Se abre un debate en la compañía y la reforma queda adoptada en lo esencial. Pero no del todo, con hondo pesar del cronista: “Lo que es una espina que todavía tengo clavada, son los pantalones, pues en el diseño que Rafael Guarinos nos dibujó según mis indicaciones, la indumentaria era con cota de malla pero a instancias del Capitán de aquel año y por votación mayoritaria se implantó el pantalón democráticamente” . El promotor de una orientación decididamente “histórica” tiene verdaderas dificultades para imponer su parecer frente a lo que él mismo llama la nostalgia del “traje antiguo”, al que los festers tienen cariño pese a su anacronismo. En 1982, el cronista escribe la letra de lo que se convertirá en himno oficioso de la compañía: el pasodoble “Els Cristians”. Inaugura en esa ocasión el rito solemne de la entrega de pergaminos que acompañará desde entonces los momentos destacados de la vida de la comparsa. Con los dos primeros se obsequia al músico que compuso el pasodoble y a la banda de música que lo interpreta por vez primera. En 1987, la directiva de la comparsa propone un nuevo escudo con un dibujo más sencillo, como distintivo corriente susceptible de ponerse en cualquier prenda. De rechazo, el escudo que concibiera anteriormente el cronista, muy lejos de quedar apartado, adornará “el traje oficial” que servirá ahora como referencia. Esta labor, voluntaria, de normalización y preservación del “toque” histórico de la fiesta , ejercitada aquí en el marco de una compañía, y la función oficial del cronista, que ha de describir y comentar para el año en curso el desarrollo de la fiesta del año anterior, convergen. Por sus dos funciones, entonces, fue por las que quedó cualificado el cronista para sustituir en 1969 a este personaje insustituible que es el embajador cristiano. Para aquella misión “histórica”, en las dos acepciones de la palabra, que consistía en trasladar los actos tradicionales al castillo de piedra y dar acceso a la fiesta de Banyeres al mundo exterior, la preeminencia sólo podía recaer en un cronista.

Pero, ¿qué hay del cronista como productor de escrito? El de la Villa cumple las funciones de historiador que, paradójicamente, pueden ser modestas en una ciudad grande, en la que las funciones de redacción se ven esparcidas, y bastante importantes en los pueblos, en que una única persona puede reunir unas actividades múltiples de escritura al servicio de la Comunidad. El cronista de la fiesta puede ser también cronista del pueblo, pero su función principal en la fiesta consiste en describir el desarrollo de ésta. Levantando una gran expectación, su crónica puede incluir unas críticas, fruto de una larga reflexión, que pueden dar pie a un debate. Así ocurre, en particular, en Alcoi, fiesta modelo cuyo control no debe írseles de las manos a los organizadores: la crónica, a cargo del cronista de l'Associació de Sant Jordi, ha de ser leída ante la junta general ordinaria unos dos meses después de la fiesta para poder figurar, aprobada mediante votación, como apertura de la Revista del año siguiente. El cronista debe, pues, decir la fiesta y a la vez decir la norma. Pero, a menudo, está presente mucho más allá de esas funciones oficiales, sea por una labor personal de escritura, que aquí nos limitaremos a mencionar, sea porque ejerce, amén de numerosas intervenciones en beneficio de la fiesta o de su propia compañía, numerosas actividades de escritura definidas, precisamente, por su inclusión en el género de la crónica. Este mismo género ha de ser ahora objeto de nuestro examen.

Ceñirnos estrictamente al marco de la Revista no nos permitiría captar lo que está en juego con esa labor de escritura. Es preciso pues, para entender sus condiciones y prolongaciones, que presentemos una breve visión de conjunto de esa actividad en un lugar concreto. Seguiremos en Banyeres, ya que este ejemplo se nos ha hecho familiar. En los años 1980, un “Grup Cultural d'Investigació” movido, según dice, por “la inquietud por recuperar nuestro pasado”, emprende un “Estudio Histórico-Geográfico y Cultural de la Villa” que se publica con este título (Grup Cultural d’Investigació 1986). La referencia que hace a la Historia es primordial: “Somos conscientes de que en buena lógica el aspecto geográfico debería aparecer en primer lugar, no obstante abrimos la publicación con la Historia, por la importancia que tiene la recuperación de la misma ante la casi total desaparición de nuestros archivos” (p. 7). Esta escasez de documentos se compensará con la exploración de los archivos de otros lugares. La sección histórica, con que se abre, pues, el volumen, trata la historia del pueblo de forma cronológica pero se interrumpe en el umbral del siglo XIX. El período contemporáneo, hasta el corazón del siglo XX, sólo aparecerá como temática en la tercera y última sección del libro dedicada al “Aspecto sociocultural”. El “Aspecto histórico” se ordena en tres subsecciones únicas: “Bañeres Feudal”, “Período de dependencia de Bocairente” y “Guerra de Sucesión”. Sin disertar detalladamente sobre esta distribución, apuntaremos que ese trabajo de erudición, además de ser de utilidad para sacar a luz unos archivos hasta entonces inaccesibles, persigue también con toda evidencia, conscientemente o no, un objetivo doble: “olvidar” los conflictos salvo uno, el que sigue oponiendo hoy día Banyeres, por asuntos de irrigación y derechos de uso de un río, a su ex soberana Bocairent.

La sección “cultural”, que hace juego con la sección “histórica”, se parece mucho a las colecciones de artículos heteróclitos que aparecen en la Revista de las fiestas. Versa sobre el castillo, la iglesia, la enseñanza, la banda de música, el teatro, las celebridades del lugar y, por supuesto, la fiesta. En las pocas páginas que se les dedica, se apuntan dos breves pasajes típicos del modo de tratar (o más bien de no tratar) los conflictos mayores que dividieron a la Comunidad. El episodio de la oposición del Municipio republicano a la presencia de la procesión religiosa en la fiesta y los debates que provocó esta actitud se exponen en unos cuantos párrafos, es cierto. Pero el tratamiento del período de la Guerra Civil es significativo. Fueron unos tiempos en los que “no hubo fiestas” y, sin embargo, la supervivencia a escondidas de la fiesta y sus emblemas fue lo que, a pesar de las sangrientas divisiones sobre las que pesa el más absoluto silencio, mantuvo la continuidad de la Comunidad: “Queremos rendir homenaje, sin entrar en valoraciones políticas, a aquellos festeros que aún con el riesgo de perder su vida, no dudaron en esconder y guardar, antes de quemarlos, banderas, trajes y demás objetos de las comparsas. Serían incontables los testimonios de festeros y paisanos que en este tiempo de guerra, cuando llegaba el 23 de abril, se las ingeniaban para homenajear al Patró Sant Jordi; cirios que se encendían delante de estampas escondidas, mujeres con la cesta de la compra y hombres con el aire distraído que a la hora precisa realizaban el tradicional recorrido de la procesión, etcétera” (p. 217). La descripción de esas prácticas continuadas en la clandestinidad evoca una devoción disimulada en tiempos de persecución, pero también el episodio legendario de la salvaguardia de los objetos religiosos y de las imágenes de los santos durante las invasiones musulmanas, que se representa en algunas fiestas. El rumor popular, al parecer, lo intuyó: “En cuanto a la imagen de Sant Jordi el Vellet, hay rumores que dicen que no fue quemada, ya que no era de madera, por lo que fue escondida. La Cofradía de Sant Jordi está haciendo ímprobos esfuerzos por tratar de recuperarla, con resultados, hasta hoy, negativos” (ibidem). Encontramos de nuevo aquí la idea de una continuidad, de la permanencia de un hilo imposible de cortar que enlaza las generaciones unas con otras a pesar de los infortunios, siempre provocados por una “locura” exterior a la Comunidad.

La expresión de esta continuidad, si ya viene reflejada en el contenido de la crónica histórica, se plasma más todavía en la misma forma de ésta y en las marcas discursivas que la convierten en un género muy particular. Por ser “histórica”, la crónica consiste principalmente en la publicación, según un orden cronológico (sólo, por supuesto, para los períodos considerados), de todos los documentos encontrados en los archivos. Aunque es imposible reproducir el texto íntegro, se facilitan unos fragmentos muy extensos, siempre más allá de la escueta cita necesaria para apoyar una argumentación o sentar una prueba. De un acto de venta, por ejemplo, no se cita sólo el extracto que establece la fecha, sus condiciones y disposiciones sino, en concreto, varias páginas inútiles para la argumentación pero útiles, precisamente, para que sea reconocido como “documento histórico”. Porque lo que le otorga valor, en última instancia, a esa producción, es también, por un efecto propio de la acumulación, la manifestación de la existencia y legitimidad de una historia local. Es importante señalar que esto no vale sólo para las secciones “históricas” de las publicaciones eruditas sino, en realidad, para todas las secciones desde el momento en que entra en juego una relación con el tiempo. ¿Trátase del teatro del pueblo? A unas líneas de presentación, que evocan la importancia del arte dramático y el afecto que siempre han manifestado por él los habitantes del lugar, sigue el texto de una carta manuscrita del fundador de la sala, con la lista exhaustiva de los primeros socios de la asociación en que se ideó la fundación. Viene después una presentación cronológica, desde los orígenes, de las diversas transformaciones, decisiones y reformas que marcaron la existencia tanto del edificio como de las compañías de aficionados que lo animaron. Siempre, con largas listas de nombres copiados. No faltan ni el día preciso ni el importe exacto del taquillaje, cuando se sabe:

“26-XII-1898: El Trovador; recaudación, 50 reales de vellón Beneficencia y 45,40 reales de vellón Compañía.
23-IV-1899: La Huérfana; Beneficencia 250 reales de vellón y Compañía 238,25 reales de vellón...” (p. 264).

Ya es hora de precisar que, si bien nos hemos apartado de la Revista de las fiestas en cuanto soporte, nos hemos mantenido muy cerca de ella merced a la identidad de los miembros del “Grup Cultural d'Investigació”. De hecho, sus dos principales animadores cuentan entre los más asiduos redactores de la Revista de Banyeres: el cronista al que ya se ha citado ampliamente y otro cronista eminente, de la compañía de los Moros Vells, “una de las dos más antiguas de Banyeres”. No será desde luego casualidad que se hayan sumado a esa empresa. Queda prolongada ésta en los años 1990 con otro ejercicio de escritura que realizarán, ya no conjunta sino paralelamente. En 1993, ya lo hemos visto, el primero de ellos, convertido entre tanto en cronista oficial de las fiestas, publica su Historia de la Comparsa de Cristianos. En cuanto a su colega “moro”, historiador aficionado también, publica el año siguiente una obra sencillamente titulada Moros Vells (Viñó Pont 1994), cuyo índice basta con leer para percatarse de que la “Cronología Festera” ocupa 290 de las 335 páginas. Son, pues, dos verdaderas “historias” que se ofrecen a nuestra lectura o, en términos más exactos, dos crónicas paralelas de la fiesta de Banyeres. Después de una presentación sucinta de las fiestas de Moros y Cristianos en general, de los orígenes de la fiesta local y de la devoción a Sant Jordi, se homenajea a los embajadores e individuos que honraron a tal o cual papel (sargento, capitán, cabo, músicos...). Quedan destacadas también algunas secuencias de la fiesta. Pero lo esencial sigue siendo la crónica, año tras año, de los sucesos, ínfimos y repetitivos en su mayoría, que marcaron el desarrollo de la fiesta desde la perspectiva de cada una de las compañías. No se puede hacer idea de lo que se trata sin dar un ejemplo. He aquí pues un año “banal”, semejante a otros muchos, cuya crónica se toma de la Historia de la Comparsa de Cristianos:

“Año 1952. – Como Capitán lució galas el gran festero José Calatayud Albera, Pepe Sensio, quien teniendo a sus hijas como Abanderadas y a su hijo Capitanet, contando con el apoyo de su esposa, dejó constancia de su amor por San Jorge y por la Fiesta.
Tuvimos la Banda de Alfafara bajo la batuta de D. José María Vicedo por 1.780 pesetas, costando el alojamiento de los músicos 3.325 pesetas, a razón de 175 pesetas cada uno de ellos.
En este año un litro de café licor costaba 11 pesetas, uno de coñac 14 pesetas y uno de paloma 20 pesetas, adquirido en la bodeguita que en la calle Serrella tenía Juan Montesinos Molina, l'Alguazil. El anís seco El Agüelo al precio de 21 pesetas y la absenta a 15,75 pesetas se adquirió [sic] en aquella expendeduría tan popular de bebidas alcohólicas, que regentaban Enrique Molina Francés, Madama, y su esposa Milagros Picó, La Rojeta.
El recibo de fiesta se fijó en 60 pesetas.
En la Fiesta de la Reliquia la Banda de Banyeres cobró 150 pesetas con cada comparsa como lo venía haciendo.
La Reliquia costó a cada cristiano 25 pesetas.
De este año tenemos dos anécdotas que nos pueden situar en la economía del momento:
La tradición de nuestra escuadra de desfilar con los escudos de madera pintados por el Maestro Martínez a finales del pasado siglo y que como una joya conservamos, hizo que se necesitaran más escudos para formar una segunda escuadra, lo que llevó a la directiva a solicitar de Juan Doménech, el Pintoret, la realización de ocho nuevos escudos copia de los del Maestro Martínez, costando la madera de los mismos y las espadas 600 pesetas, y de pintarlos 1.000 pesetas.
Este mismo año aparece la confección de un traje de cristiano seguramente destinado al sargento con los apuntes siguientes:
1,21 metros de tela roja a 112 ptas ....................135,52 ptas
1,30 id. de tela blanca a 187 ptas .......................243,52 ptas
[etc., etc.] --------------
Total el coste del traje ......................................1.451,35 ptas
En 1953 fue Capitán Gregorio... [etc.]”

Además de la mención, obligatoria, de los cargos honoríficos de la comparsa, volvemos a encontrar aquel extraño gusto obsesivo por las listas con el desglose, con una precisión de más o menos un céntimo, de los precios de una cantidad sorprendente de cosas, para nosotros insignificantes, que parecen copiados de un fajo de recibos. Sin embargo, mirándolo con más atención, no son los precios lo que importa, aunque, sin duda alguna, su precisión produce una sensación de veracidad, remitiéndonos a la vez a unos documentos “de aquella época” (el redactor insiste en ello subrayando que se trata de situarnos “en la economía del momento”). Lo que importa de verdad es la lista de los nombres. Si el precio del café licor nos permite situar el año 1952 en relación con el momento presente de la lectura del texto, lo importante es que se adquiriera en aquel entonces “en la bodeguita que en la calle Serrella tenía Juan Montesinos Molina”, lo cual permite que existan otra vez tanto la bodeguita como la calle Serrella y Juan Montesinos Molina. O más bien “l'Alguazil”, pues con todos los nombres patronímicos viene el apodo, ese mote que es señal de lo autóctono y dibuja a la vez a un personaje tal y como queda inscrito en la memoria popular. La mención de la realización de los ocho escudos nuevos por el Pintoret, por su parte, le da al cronista la oportunidad de evocar por enésima vez en su libro la figura del Maestro Martínez, cuyo apodo se olvida en provecho del título honorífico que le permite figurar en la galería, siempre refrescada, de los Banyeruts amb nom propi.

El segundo elemento esencial de la crónica de la comparsa (de la “cronología festera”) son las ilustraciones. Para ceñirnos a nuestro ejemplo, las ilustraciones se distribuyen de la siguiente forma: primero, la primera página de portada de la Revista de las fiestas de 1952, luego ocho instantáneas de festers trajeados, en las que están presentes los miembros de la familia que ostenta los cargos de Capitán y Abanderada mezclados con otras “autoridades”, como el Embajador cristiano, o con los capitanes de las demás comparsas, pero también con unos “anónimos” (que no lo son del todo ya que se les menciona con sus apellidos y apodo). Una última ilustración, al final, representa a un “grupo de cristianos” reunidos el día 25 de abril, lo cual permite incidentalmente que figuren unos treinta miembros más de la Comparsa. Este dispositivo se repite a lo largo de los años. A veces se añaden facsímiles, unas hojas sueltas o unos documentos de archivo. Pero lo esencial sigue siendo la omnipresencia de las listas, tanto aquellas en las que se desgranan nombres con todos los pretextos posibles como las hileras de personajes trajeados que salen en las fotografías.

Si se adopta la perspectiva del lector actual de uno de esos dos libros y se trae a la memoria el contenido del volumen entero después de leer los textos y contemplar las ilustraciones en su continuidad cronológica, es posible calibrar lo que está en juego con esa producción escrita/gráfica. En realidad, la crónica se remonta a las postrimerías del siglo XIX. Antes, los documentos son esporádicos, fragmentarios o inexistentes. Entre 1900 y 1930, las fotografías escasean y sin embargo las páginas correspondientes a esos períodos vienen con ilustraciones, también. Y es que el cronista encontró una solución que nos parece muy acertada. Las funciones oficiales de la comparsa, por ejemplo, no se ilustran con instantáneas tomadas durante la fiesta del año evocado (en la mayoría de los casos, no existen) sino con fotografías conservadas por los descendientes de los festers concernidos, en las que éstos aparecen en su madurez, incluso, en algunos casos, poco antes de su muerte. Es sorprendente ver a una rodella (niña que lleva el escudo de la compañía) vistiendo de negro y llevando mantilla, es cierto, pero el hecho es que viene representada tal como la conocieron unos testigos que todavía viven. Todo funciona aquí a la medida de la memoria humana. Las interminables listas de nombres y rostros pueden apreciarse entonces con su justo valor. Es imposible que una familia “cristiana” o “mora vieja”, cuyos miembros participaron en la fiesta en un momento u otro durante el siglo XX, no esté presente, y por ello de cierto modo “inmortalizada”, mediante la mención o representación de uno de los suyos en los cientos de páginas y fotos de las que consta cada uno de los volúmenes que recuerdan la “historia” de una u otra de las comparsas.

La continuación de la producción de nuestros dos cronistas viene a confirmar nuestra interpretación. En efecto, se reunieron otra vez para publicar juntos un libro dedicado a La Confraría de Sant Jordi (Sempere Martínez y Vañó Pont 1995). Se esperaría aquí un trabajo “histórico”, en la acepción que se da habitualmente a este término, pero, una vez más, no hay nada de eso. El libro no “estudia” la Cofradía de San Jorge sino que celebra un acontecimiento. Y lo hace, como siempre, recurriendo a la forma de una crónica retrospectiva: el acontecimiento –el segundo centenario de la llegada de la reliquia del santo a Banyeres– tuvo lugar en 1980 y sólo se describe quince años más tarde, en 1995. Según el cronista oficial, quien abre el volumen en nombre propio y de su colaborador, poco tiempo después de las ceremonias “vimos la necesidad de publicar una crónica, para perpetuar aquellas vivencias como una página brillante de nuestra historia (...) pero por causas ajenas a nuestra voluntad se aparcó de momento la idea. El conservar el material y el nombrarme Cronista Oficial de Fiestas hicieron que la idea de la publicación me forzara insistentemente a reemprenderla (...). El cronista no tiene ningún mérito sin unos hechos que narrar, así como tampoco lo tiene si no investiga y los narra; esta publicación no tendría sentido sin la colaboración y voluntad de todo el pueblo. Por esto, los responsables de esta edición no son ninguna persona, ni ninguna Junta de la Cofradía en particular; son todas las personas del pueblo y en especial la Cofradía de San Jorge, formada por la mayoría de familias del mismo” (pp. 7-8). Así pues, la necesidad de que figure el mayor número posible de familias del pueblo es lo que anima una vez más a los redactores. El pueblo, con vistas a las ceremonias de 1980, se había dividido en ocho sectores. El grueso del volumen, que queda, pues, dedicado a la crónica minuciosa de todos y cada uno de estos sectores, recurre al modo de la lista que ya conocemos:

“SEXTO SECTOR – La llegada de la reliquia al altar situado en la bifurcación de las calles San Pedro y Vinalopó, el marco del templete coronado con una monumental medalla a gran escala, copia de la acuñada por la Cofradía de San Jorge para el II Centenario y el descubrimiento de una placa conmemorativa en la fachada frente a donde estuvo situado el altar, es algo que no se nos olvida a quienes tuvimos la suerte de vivirlo. Siguió como ya era costumbre la visita de la Reliquia a los enfermos y ancianos del Sector, finalizando la procesión en la iglesia Parroquial, donde como en ocasiones anteriores se cantó el himno a San Jorge. Las personas que fueron visitadas por la reliquia fueron las siguientes: Samuel Bodí Ferre; Juan Bautista Calabuig Belda; Josefa Pascual Navarro; Antonia Albero Camarasa; Vicenta M.ª Pascual Pascual; Milagros Silvestre Picó y Francisco Calabuig Ferre. De su coordinación y preparación se habían ocupado Carmen Calabuig Asensio y Elodia Beneyto Bellver. (...) PAELLA: Se celebró en la calle Juan XXIII, contando con la asistencia de 428 comensales. El coste por plaza fue de 450 pesetas, siendo los culinarios: José Monllor Castelló “Morris” y José María Albero Picó “Miarma”. TOLDOS: Preocupaba el fuerte calor propio de las fechas. Los hermanos Daniel y José Albero Bodí solucionaron la papeleta, aportando lonas de camiones para cubrir espacios donde se ubicaban las mesas de la paella, completando los espacios con aportaciones de tela por parte de Miguel Calabuig Asensio... etc.” (pp. 100-101).

El libro se cierra, justo antes de un cuaderno que incluye unas instantáneas de los festejos y unos documentos facsímiles, con el texto de una obra de teatro cuyo autor no es sino nuestro mismo cronista. Se trata, se nos dice, de “una obra histórica”, o sea, ahora ya lo sabemos, de una representación de todos los Banyeruts pero, esta vez, dos siglos atrás, en el momento del traslado de la Reliquia. Según un recorte de prensa, “Banyeres fa dos-cents anys es un interesante espectáculo en el que se plasman momentos y vivencias del pueblo bañerense con relación al momento social e histórico de la venida de la Reliquia de san Jorge hace exactamente dos siglos. Miguel Sempere, su autor, nos explica que la idea surgió para dotar el acto de la Presentación de algún aliciente especial. Es su primera obra de teatro pero nos confiesa que no fue difícil “porque estoy acostumbrado a escribir, llevo ya 25 años colaborando en la Revista de las Fiestas”” (Sempere Martínez y Vañó Pont 1995 : 242) . Como dice la voz en off que abre el espectáculo: “Sigam tots actors d'esta comèdia que ens ha tocat viure, unintse a les inquietuts dels nostres avantpasats, axí com ells varen pensar en nosaltres. Air i huí; principi i fí, alfa i omega; segles que són menuts davant Déu i davant l'historia” (idem : 188).

In Memoriam

La Historia consta de dos Tiempos: el de los Antepasados –los Moros-Cristianos históricos– asociados con una Edad Media mítica y, luego, el de los Ancianos –los Moros-Cristianos en la fiesta– que comenzó en ese período no tan lejano hasta el que alcanza la memoria, período de las viejas imágenes, a no ser que la palabra de los ya muy mayores pueda revivirlo aún. La Revista de las Fiestas no es solamente ese crisol de relatos y conocimientos heteróclitos que habíamos creído vislumbrar con una primera ojeada exterior. Entrelaza y une, de una forma a todas luces desordenada pero con tesón, año tras año, una crónica histórica, orientada hacia la restitución de un origen y la legitimación de un carácter autóctono, y una cronología festera, que va tejiendo las relaciones entre todos los miembros de la Comunidad reunidos en y por la fiesta. Su vuelta periódica, conforme al ritmo de la vuelta anual de la fiesta, es lo que diferencia la Revista de todas las demás formas de escritura que tiene a su lado o a las que sustituyó sin más, tras haberlas captado. La Revista está hecha a imagen, a la vez de este monumento frágil que es el castillo de madera, que se vuelve a armar todos los años por el tiempo de la fiesta –ésta y aquel sólo son de un tiempo–, pero también del monumento de piedra, del castillo que avala la permanencia de una continuidad histórica, pues los escritos (y las imágenes) perduran y resisten el desgaste del tiempo .
En Banyeres, el último día de la fiesta, todas las compañías recorren el territorio del pueblo, que atraviesan de parte a parte subiendo hasta el cementerio. En el recinto de éste, un bloque de piedra a medio labrar está rodeado de cipreses plantados, uno por compañía. Estaba destinado a convertirse en un “Monument al Fester”. Se ha convertido en el altar en que todos los años, en la misma fecha, el párroco –fue durante muchos años moro vell– dice una misa por todos los difuntos. Terminado el oficio, después de las salvas colectivas ordenadamente disparadas por las compañías con un ruido ensordecedor, cada fester trajeado se dirige solo, con su escopeta, a la tumba en que descansan sus familiares. Se inclina ligeramente hacia adelante mientras blande el trabuco encima de su cabeza y allí, solitario, dispara al cielo sin procurar ya contener las lágrimas. Repetirá este mismo gesto el año próximo, y el siguiente también, hasta su propia desaparición. En las Revistas de las Fiestas de todos los pueblos, se honra a todos los festers desaparecidos desde las últimas fiestas con una necrológica que sitúa su biografía en la historia de las fiestas. De este modo, “con nombres y apellidos y caras”, los muertos se juntan, en esta “historia viva” que es el libro del año, con los Ancianos que un hilo imposible de cortar vincula a los comunes Antepasados, aquellos Moros y Cristianos que los que participan en el rito festivo devuelven a la vida todos los años, encarnándolos.

[Traducción: Tito Andrés]

Bibliografía

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ALBERT-LLORCA, Marlène & BLANC, Dominique. 2001. “Faut-il brûler Anachronisme ? Souci historien et déni de l'histoire dans les rites festifs”, en A. Bensa y D. Fabre (ed.), Une histoire à soi. Figurations du passé et localités, París, Éditions de la Maison des Sciences de l'Homme, p. 87-102.

BLANC, Dominique, 2000. “Châteaux de pierres, châteaux de bois. Maures et chrétiens à la reconquête du monument”, en D. Fabre (ed.), Domestiquer l'Histoire. Ethnologie des Monuments Historiques, París, Éditions de la Maison des Sciences de l'Homme, p. 71-84.

BLANC, Dominique, 2002. “Le rite saisi par l'Histoire. Une fête traditionnelle et ses nouvelles références historiques”, Terres et Hommes du sud, Actes du 126e Congrès des sociétés historiques et scientifiques, París, Éditions du CTHS.

CERDA CONCA, Melecio, 1986. Miscelánea Biarense, Biar.

GRUP CULTURAL D’INVESTIGACIÓ, 1986. Banyeres. Estudio Histórico-Geográfico y Cultural de la Villa, Banyeres de Mariola.

SAGNES, Sylvie, 1995. “De terre et de sang: la passion généalogique”, Terrain, 25 : 125-146.

SEMPERE MARTÍNEZ, Miguel, 1993. Historia – Comparsa de Cristianos – Banyeres de Mariola, Banyeres, Asociación Festera Comparsa de Cristianos.

SEMPERE MARTÍNEZ, Miguel & VAÑÓ PONT, José Luis, 1995. Confraría de Sant Jordi, Banyeres, Fundación José Valor.

VAÑÓ PONT, José Luis, 1994. Moros Vells, Banyeres de Mariola, Comparsa Moros Vells.





 


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